El tempo de la vida

Al nombrar los objetos, hago surgir un mundo encantado, un mundo de monstruos sobre el claroscuro mal diferenciado del mundo; un mundo de potencias al que intimo, al que invoco y al que convoco.

Al nombrarlos, flora, fauna, en su extrañeza, participo en su fuerza; participo de su fuerza.

En cuanto a la imagen, es distinto; la imagen vuelve a ligar el objeto; acaba de denotar, al mostrarme su faz desconocida, su singularidad, pero mediante la confrontación y la revelación de sus relaciones, define no ya su ser sino sus potencialidades; en resumen, lo dota de su trascendencia fundamental.

El ritmo por último, y tal vez tendría que haber comenzado por aquí, porque es en definitiva la emoción primera, plegaria y conminación que anuncia en principio su rumor. ¿Venido de dónde? No artificialmente impuesto desde afuera, sino surgido de las profundidades. Noche de sangre que brinca en el día y se impone; el tempo de la vida; su sacudida; no la música de las palabras captada, sino su más profunda vibración interior. Por este motivo, el escultor sudanés sólo trabaja de noche y cantando, incorpora a la estatua el verbo encantador.

Entonces, ¿quid de la poesía? Hay que volver una y otra vez a ella: surgida del vacío interior, como un volcán que emerge del caos primitivo, es nuestro lugar de fuerza; la situación eminente desde donde intimamos; magia; magia.

Aimé Césaire

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