Juan L. Ortiz

De qué matiz…

¿De qué matiz
abisal ya
la dulzura quieta, quieta,
del crepúsculo?

Una dulce y extraña
alma submarina,
flotante, o en las cosas como su misma íntima luz soñada…

Era dulce también estar en ella, ser parte de ella, ser de ella…

La inseguridad oscura, los ranchos, al regreso.
La niña en el camino, triste, tras la vaca melancólica.

La vida que se agazapa, dura, e indiferente, sin culpas.
La vida cruel, la crueldad que debe imponerse en la lucha dura.

La crueldad, los gestos duros y sangrientos.

El alma del cielo se azulaba ahora nocturnamente.

La crueldad. ¿Pero nos volveremos del lado del cielo?
y deberemos perdernos en él por siempre
para no saber más de la crueldad?

Oh, no. No es del amor eso, y esperemos,
sonrientes por encima de todo, sonrientes,
y prontos a la obra paciente, la humilde obra paciente.
Seremos en la participación, en la “terrible participación”.
Entre las desgarraduras y las llagas y la sangre inocente y las súplicas [angustiosas,
traspasados pero atentos, con la honda fe libre aunque algunas veces
[ella nos duela…

De La mano infinita (1951)

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