árbol . josé watanabe . se resolverá limpiamente en nuestros ojos

En el bosque que bordea la carretera
un árbol ha desenterrado una de sus poderosas raíces
……………..para abrazar una peña blanca.
La tierra no le fue suficiente:
……………………la raíz es una extremidad
donde el árbol se apoya para subir aún más alto.

No conozco el nombre del árbol
pero sus largas ramas caen lacias y rápidas
……………como una cascada
…………………………sobre la peña.

El árbol sube y cae al mismo tiempo,
pero para nuestros ojos
…………..este doble movimiento es uno solo.

Cómo te lo digo: para el lenguaje
subir y bajar son dos conceptos enfrentados
………………………y nunca se funden.

Mejor ven a la carretera,
la mismidad del doble movimiento del árbol
sólo se resolverá limpiamente en nuestros ojos.

De La piedra alada 

Un análisis del libro, con definiciones de JW sobre la poesía y la felicidad, y con reflexiones acerca del deseo, lo real, la impermanencia, aquí.

rosario . macromuseo . pampaparaíso . marcela mouján . flora y frankenstein


en rosario el fin de semana pasado .  me encontré con el pamparaíso de marcela mouján en el museo de los silos . verónica gómez dice muy bien, acá, que nadie está preparado para morir, ni un poquito ni del todo . y que estos cuadros son una fantasía de eternidad lozana . sus árboles son mujeres voluptuosas que llenan de color y de curvas a esa rectitud de la producción sojera y ganadera que se vislumbra al fondo . pero la vida, la verdadera vida, no es eso .  la verdadera vida es gasto y pérdida, es música y pintura, es el brillo de las flores de los palos borrachos, ceibos y jacarandás de mouján. como advierte george b., aquí.

inquilinos

las calles se convertirán en valles verdes donde el hombre podrá respirar libre de nuevo

dejemos que los árboles crezcan en nuestros hogares, en el desierto anónimo y estéril de la ciudad

que la naturaleza surja sin el control de la racionalidad del hombre y su técnica

Hundertwasser

Abril de 1991

Henry David Thoreau


Las hojas del arce rojo tardío, brillantes aún, están esparcidas sobre la tierra, con frecuencia un fondo amarillo con manchas rojas, como manzanas silvestres, pero sólo conservan esos colores sobre la tierra uno o dos días, especialmente si llueve. Cruzo por pasos elevados rodeados de árboles por doquier, todos desnudos y oscuros, después de haber perdido su ropaje brillante; pero allí yace, casi tan brillante como siempre, a un lado del suelo, dibujando una figura tan regular como antes sobre el árbol. Preferiría decir que observo los árboles así, estirados sobre la tierra, como una sombra de color indeleble, que me invitan a buscar las ramas que los sostienen. Una reina se sentiría orgullosa de caminar sobre estos árboles gallardos que han extendido un manto brillante sobre el lodo. Veo unos carros pasar por encima de ellos como una sombra o un reflejo, y a los cocheros prestarles tan poca atención como antes a sus sombras.

¡Cómo se mezclan todas las especies, robles y arces, castaños y abedules! Pero la naturaleza no se recarga de ellas; es un perfecto granjero que las almacena a todas. ¡Imaginad qué inmensa cosecha es derramada cada año sobre la tierra! Ésta, más que ningún grano o semilla, es la gran recolección del año. Los árboles devuelven a la tierra con intereses lo que han tomado de ella. Están a punto de añadir una capa de hojas a la profundidad del suelo. Mientras converso con un hombre que me habla sobre el azufre y los costes de transporte, pienso que de esta bella forma la naturaleza obtiene el mantillo. Gracias a esta descomposición todos somos más ricos. Me interesa más este cultivo que el césped inglés o el grano. Prepara el humus virgen para futuros maizales y bosques con los que la tierra prospera. Mantiene nuestra casa en buenas condiciones.

En cuanto a diversidad de belleza, no hay cultivo que pueda comparársele. Aquí no se trata sólo del mero amarillo de los granos, sino casi de todos los colores que conocemos, sin exceptuar el azul más brillante: el arce temprano ruborizado, el zumaque venenoso enarbolando sus pecados escarlata, la morera, el rico amarillo cromado de los álamos, el rojo brillante de los arándanos que pinta el fondo de las montañas. Los toca la helada y, con el soplo más ligero del retorno del día o la sacudida más leve sobre el eje de la tierra, ¡mirad qué lluvia de colores cae de ellos! La tierra está engalanada. Y, a pesar de todo, las hojas siguen viviendo allí en el suelo, a cuya fertilidad y volumen contribuyen, y en los bosques de los que vienen. Caen para elevarse, para subir más alto en los próximos años, por medio de una química sutil, trepando por la savia a los árboles y a los primeros frutos que caen de los árboles jóvenes, trasmutadas al fin en una corona que, al cabo de los años, las convierte en el monarca de los bosques.

De Colores de otoño (1862)
Foto: Isadora Paolucci