homenaje: en el día del periodista, raymundo gleyzer por eduardo galeano y primera parte de “me matan si no trabajo y si trabajo me matan”

Buenos Aires, junio de 1976: se los traga la tierra

Por Eduardo Galeano

Raymundo Gleyzer ha desaparecido. La historia de siempre. Lo arrancaron de su casa, en Buenos Aires, y no se sabe más. Había hecho películas imperdonables.

Yo lo había visto por última vez en febrero. Fuimos a cenar con nuestros hijos, cerca del mar. En la trasnochada, me habló del padre.

La familia de Raymundo venía de un pueblecito de la frontera entre Polonia y Rusia. Allá cada casa tenía dos banderas diferentes para izar y dos retratos para colgar, según marchaban las cosas. Cuando se iban los soldados rusos, llegaban los polacos, y así. Era una zona de continua guerra, infinito invierno y hambre sin fin. Sobrevivían los duros y los picaros, y en las casas se escondían los pedazos de pan bajo los tablones del piso.

La primera guerra mundial no fue novedad para nadie en aquella comarca sufrida, pero empeoró lo peor. Los que no morían empezaban el día con las piernas flojas y un nudo en el estómago.

En 1918, llegó a la región un cargamento de zapatos. La Sociedad de Damas de Beneficencia había enviado zapatos desde los Estados Unidos. Vinieron los hambrientos de todas las aldeas y disputaron los zapatos a dentelladas. Veían zapatos por primera vez. Nunca nadie había usado zapatos en aquellas comarcas. Los más fuertes se marchaban bailando de alegría con la caja de zapatos nuevos bajo el brazo.

El padre de Raymundo llegó a su casa, se desató los trapos que le envolvían los pies, abrió la caja y se probó el zapato izquierdo. El pie protestó, pero entró. El que no entró fue el pie derecho. Lo empujaban entre todos, pero no había caso. Entonces la madre advirtió que los dos zapatos tenían la punta torcida para el mismo lado. Él volvió corriendo al centro de distribución. Ya no quedaba nadie.

Y empezó la persecución del zapato derecho.

Durante meses caminó el padre de Raymundo, de aldea en aldea, averiguando.

Después de mucho andar y preguntar, encontró lo que buscaba. En un lejano pueblito, más allá de las colinas, estaba el hombre que calzaba el mismo número y que se había llevado los dos zapatos derechos. Los tenía, brillantes, sobre una repisa. Eran el único adorno de la casa.

El padre de Raymundo ofreció el zapato izquierdo.

-Ah, no -dijo el hombre-. Si los americanos los mandaron así, así debe ser. Ellos saben lo que hacen.

“Nosotros no hacemos films para morir, sino para vivir, para vivir mejor. Y si se nos va la vida en ello, vendrán otros que continuarán... ” (Raymundo Gleyzer, 1974)

Fuente: http://www.elortiba.org/gleizer.html

estados alterados – ken russell – 1980

We all live with it. That unbearable terror is what makes us such singular creatures. We hide from it, we succumb to it, mostly we defy it! We build fragile little structures to keep it out. We love, we raise families, we work, we make friends. We write poems…”

“Todos vivimos así,  con este pánico indescriptible que nos convierte en las criaturas excepcionales que somos. Lo esquivamos, nos hundimos en él, ¡lo conjuramos! Nos inventamos unos caparazones diminutos y frágiles para aislarnos de él. Amamos y formamos familias y trabajamos y nos rodeamos de amigos. Escribimos poemas…”

Esto lo dice Emily Jessup, la mujer de Eddie, la que lo salva, en un desenlace que a muchos les parece malo y que a mí, para variar, me encanta.

Para leer sobre la película:

http://www.imdb.com/title/tt0080360/

http://movies.nytimes.com/movie/review?res=9B07E6DB1339F936A15751C1A966948260

http://www.bigbang.com.uy/num11/films/film.htm

http://jorgeluisfreire.blogspot.com/2007/10/altered-states-estados-alterados-ken.html

http://luppanar.blogspot.com/2007/12/altered-states-estados-alterados-1980.html

sirenita – parte una de doce

Para Julia, la más bella de las sirenitas

 

¡Sirenas!

No hagáis caso

 de esa insensatez náutica

1 de 12

parte una de doce

de esta historia marina

que siempre vemos juntas

la de Ariel jugando

con objetos terrestres

cosas de humanos

.

en lugar de portarse bien

y quedarse con las demás

en el coro del palacio

ella sube a la superficie

y pregunta al pajarraco

por sus tristes artilugios

blade runner – la creación de una nueva escena

“Deckard, primer hombre casi replicante y Rachael, última replicante casi humana, se salvan. Apasionados y amorosos, parten juntos y la película termina.

Nos quedamos con la esperanza -tal vez ingenua- de que inventamos otra especie de amor. Nos quedamos soñando con la posibilidad de otras escenas. ¿Otro mito?

Un más allá de los ulises y de las penélopes: un amor no demasiado humano. Montajes desintoxicados del vicio de reducción del deseo de mundo a un objeto-persona o una persona-objeto.

Pero también un más allá de las máquinas célibes, esa otra cara del hombre: un amor no tan demasiado deshumano. Montajes desintoxicados del vicio de proliferación de mundos, objetos de deseo -proliferación tan desenfrenada que no hay ni más mundo, ni deseo.

Nos quedamos imaginando un más allá del hombre (humano y/o deshumano) donde los campos de intimidad se instauren. Territorios-refugio. Una cierta inocencia.

Un más allá del espejo, donde el otro no sea ya aquel que delinea nuestro contorno (ulises / penélope) ni un paisaje fugaz en el que, como las máquinas célibes, no creemos cosa alguna.

Un más allá del espejo donde nuestro viaje no sea ya aquel agarrado a un ulises, ni aquel otro de las máquinas célibes (desgarrado). Viaje solitario: una soledad poblada por los encuentros con lo irreductiblemente otro.

¿Pero cómo sería ese viaje? De él sabemos apenas dos o tres cosas. La primera es que sólo se hace si preservamos lo conquistado por las máquinas célibes -tener autonomía de vuelo, un vuelo donde el encuentro con lo irreductiblemente otro nos desterritorialice; ser pura intensidad de ese encuentro. La segunda es que, si eso es necesario, no es suficiente: al mismo tiempo que se da la desterritorialización, es preciso que, a lo largo de los encuentros, se construyan territorios. (Máquinas célibes, lo que no sabíamos es que sin territorio alguno, la vida, desarticulada, mengua). Y nos empeñamos en la creación de esta nueva escena.”

Fragmento del texto ¿Una nueva suavidad? de Suely Rolnik