Tell all the truth but tell it slant . Emily Dickinson . El mismo cielo, otro cielo

En el blog https://siempreotrocielo.wordpress.com
con Isadora Paolucci traducimos poesía, aquí nuestro manifiesto https://siempreotrocielo.wordpress.com/acerca-de/

Esta es nuestra última entrada allí, una versión que intenta poner en práctica el ars poética de Dickinson, para poder decir la (nuestra) verdad del poema.

Tell all the truth but tell it slant—
Success in Circuit lies
Too bright for our infirm Delight
The Truth’s superb surprise
As Lightning to the Children eased
With explanation kind
The Truth must dazzle gradually
Or every man be blind—

– Emily Dickinson

Para decir la verdad, hay que tomar un desvío—
el camino indirecto es el más acertado
brilla por demás para nuestra frágil Dicha
la magnífica sorpresa de la Verdad
Como se explica el Relámpago a un Niño
con la mayor delicadeza
la Verdad tiene que deslumbrar de a poco
o su luz nos dejará ciegos—

[versión de Daniela Camozzi e Isadora Paolucci]

Comentario:
A partir de una primera versión en la que intentamos respetar las rimas del original, y en la que no nos convencían algunas soluciones, fuimos trabajando cada verso. “El camino indirecto” que propone Emily terminó siendo el procedimiento de traducción
—de escritura— que nos resultó satisfactorio. En los dos primeros versos y en el último, nos alejamos (en apariencia) del original, para poder acercarnos a una expresión que sentimos más auténtica. Para decir la verdad, hay que tomar un desvío.

si no soy capaz de traducir o de metaforizar . julia kristeva

sol-de-noche-foto-de-isa

«… la traducción -nuestro destino de ser hablante- detiene su marcha vertiginosa hacia los metalenguajes o las lenguas extranjeras, que son otros tantos sistemas de signos alejados del lugar del dolor. Trata de volverse ajena a sí misma para encontrar, en la lengua materna, una “palabra total, nueva, ajena a la lengua” (Mallarmé), con el objeto de captar lo innombrable. El excedente de afecto, pues, no tiene otro medio para manifestarse que producir nuevos lenguajes, encadenamientos extraños, idiolectos, poéticas. Hasta que el peso de la Cosa originaria prevalece y toda traducibilidad se vuelve imposible. La melancolía culmina entonces en la asimbolia, la pérdida de sentido: si no soy capaz de traducir o de metaforizar, me callo y muero.»

Julia Kristeva

De su obra Sol negro, Depresión y melancolía

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La fotografía, Sol de noche, es de Isadora Paolucci

nadar contra la corriente . ana cristina cesar

Ana Cristina Cesar

la mecánica creativa natural de la poesía (concentración, condensación) se opone directamente a la mecánica creativa natural de la traducción (inflación, explicación).
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en principio, traducir un poema es como nadar contra la corriente.
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condensación e inflación.
como regla, podríamos decir que las mejores traducciones son aquellas que:

 buscan reducir la tasa de inflación al mínimo,
intentan absorber el esfuerzo original de condensación del poema,
buscan encontrar más equivalencias para ese esfuerzo especifico que para el significado original.
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una de las formas de evitar la inflación es aplicar el principio de selección.
preservar y perder. perder para preservar.
una vez más, como regla, podríamos decir que el principio de selección debe medirse siempre contra el fondo de la dicotomía condensación/inflación.
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Fragmentos de “Traducir un poema corto”, en El método documental, Ana Cristina Cesar, Manantial, Buenos Aires. Selección y traducción de Teresa Aguijón y Bárbara Belloc.

imposible

Una vez que se sabe que la traducción es imposible, que en sentido estricto no existe, que solo puede existir como un delirio, se abren para la traducción en el terreno del arte las mejores puertas: considerar que es un método entre otros para generar obras de arte. Para decirlo en otras palabras: la traducción es imposible y por eso es deseable. Porque es imposible vale la pena intentarla. Porque hay una imposibilidad insoluble la traducción es fructífera. Las mejores traducciones logran lo que la obra de arte: encontrar ante una imposibilidad una salida deslumbrante que no la resuelve.

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Así termina el ensayo “Una ponencia sobre la traducción” de Jorge Santiago Perednik (1952-2011), poeta, crítico literario y traductor nacido en Buenos Aires. Este texto, el primero del libro Ensayos sobre la traducción, publicado por Editorial Descierto (Buenos Aires, 2012), que leí recién, inmediatamente después de terminar la novela La campana de cristal de Sylvia Plath, en un bar porteño vacío salvo por mí, un día de paro nacional, me deja con la sensación de ser a duras penas la sobreviviente de un naufragio. Si todo es imposible, no queda más que seguir intentándolo.

rancière . el maestro ignorante . la emoción del poema

El secreto del genio es el de la enseñanza universal: aprender, repetir, imitar, traducir, analizar, recomponer. En el siglo diecinueve, es cierto, algunos genios empiezan a invocar una inspiración más que humana. Pero los clásicos no se alimentan de ese genio. Racine no tiene vergüenza de ser lo que es: un necesitado. Aprende Eurípides y Virgilio de memoria, como un loro. Pretende traducirlos, descompone las expresiones, las recompone de otra manera. Sabe que ser poeta es traducir dos veces: es traducir en versos franceses el dolor de una madre, la ira de una reina o la furia de una amante, es también traducir la traducción que Eurípides o Virgilio hicieron de ello. Del Hipólito coronado de Eurípides hay que traducir no sólo a Fedra, lo que se entiende, sino también Athalia y Josabeth. Ya que Racine no se engaña sobre lo que hace. No cree tener un mejor conocimiento de los sentimientos humanos que sus oyentes. «Si Racine conociese mejor que yo el corazón de una madre, perdería su tiempo explicándome lo que ha leído; yo jamás encontraría sus observaciones en mis recuerdos y no podría conmoverme. Este gran poeta supone lo contrario; él sólo trabaja, sólo realiza tantos esfuerzos, borra una palabra o cambia una expresión, porque espera que todo será comprendido por sus lectores tal como él mismo lo comprende.» Como todo creador, Racine aplica instintivamente el método, es decir, la moral, de la enseñanza universal. Sabe que no existen hombres con grandes pensamientos sino solamente hombres con grandes expresiones. Sabe que todo el poder del poema se concentra en dos actos: la traducción y la contratraducción. Conoce los límites de la traducción y los poderes de la contratraducción. Sabe que el poema, en cierto sentido, es siempre la ausencia de otro poema: ese poema mudo que improvisa la ternura de una madre o la furia de una amante. En algunas escasas ocasiones, el primero se acerca al segundo hasta imitarlo, como en Corneille, en una o tres sílabas: ¡Yo! o bien ¡Que se muera! El resto está supeditado a la contratraducción que hará el oyente. Es esa contratraducción la que producirá la emoción del poema; es esa «esfera de la proliferación de ideas» la que reanimará las palabras. Todo el esfuerzo, todo el trabajo del poeta consiste en suscitar ese aura alrededor de cada palabra y de cada expresión. Por eso analiza, disecciona y traduce las expresiones de los otros y borra y corrige sin cesar las suyas. Se esfuerza en decirlo todo, sabiendo que no podemos decirlo todo, pero que es esta tensión incondicional del traductor la que abre la posibilidad de la otra tensión, de la otra voluntad: el lenguaje no permite decirlo todo y «hay que recurrir al propio genio, al genio de todos los hombres, para intentar saber lo que Racine quiso decir, lo que diría como hombre, lo que dice cuando no habla, lo que no puede decir mientras sólo sea poeta».